Cree en grande.
CONMEBOL

Querida familia del fútbol sudamericano:

×

Mensaje de error

Notice: Undefined index: und en eval() (línea 1 de /data/www.conmebol.com/public_html/sites/all/modules/views/plugins/views_plugin_argument_default_php.inc(66) : eval()'d code).
Querida familia del fútbol sudamericano:

Llegó el día que tanto temimos por mucho tiempo todos los que amamos el fútbol. Nos dejó el mejor jugador del mundo. Después de sobrellevar durante años una salud fragilizada, Diego Armando Maradona partió al encuentro con el Creador. Quedamos sumidos todos en el dolor y el desconcierto porque la muerte de este astro inigualable deja un vacío imposible de llenar.

La pelota no se mancha, es verdad, Diego. Pero la pelota sí puede estar de luto, la pelota sí puede llorar con la partida de quien más la amó, de quien mejor la trató. Desde niño Maradona demostró que era de otro planeta. Con una zurda mágica, el balón parecía pegado a su cuerpo, obedecer a su voluntad en todo momento. Los que tuvimos la dicha de ver jugar al Barrilete Cósmico sabemos de qué estamos hablando. En mi caso personal, jamás olvidaré el Mundial del 86, su Mundial. No solo llevó a su querida albiceleste a su segunda Copa del Mundo, no solo convirtió el mejor gol de toda la historia de los mundiales, no solo se valió de la “mano de Dios” -nadie más podría haberlo hecho-, sino que sobre todo dejó su marca personal imborrable en toda una época. Después del Maradona del 86 el fútbol cambió para siempre.

Contaba Diego con tanto talento como personalidad. Por eso no le costaba cargarse el equipo al hombro siempre, en los clubes en los que militó y en la selección argentina. En la cancha, era un líder nato, respetado por sus compañeros y secretamente admirado por sus adversarios.

Pero ese astro increíble, ese ídolo de millones, ese mimado por el fútbol, tenía debilidades y fantasmas, como cualquier ser humano. Lo persiguieron durante décadas, luchó contra ellos, cayendo y levantándose una y otra vez ante la preocupación creciente de todos los que lo admirábamos y queríamos. Sin embargo, hoy frente a su paso a la inmortalidad, estoy seguro de que nada de eso podrá opacar ni hacer mella en lo mucho que nos regaló, las alegrías y emociones que desparramó en todas las canchas que jugó.

Tuve el gusto de charlar con Diego hace algunas semanas, durante la pandemia. Siempre tuvimos un trato amistoso y cálido, y nos prometimos en aquella ocasión reunirnos apenas se pudiera para charlar sobre el fútbol sudamericano y su futuro. Lo escuché aquella vez con el mismo entusiasmo que mostraba aquel chico en los potreros de Fiorito, cuando ya deslumbraba a sus amigos de ese humilde barrio.

El recuerdo del maravilloso talento de Maradona seguirá mientras haya una pelota rodando, mientras haya gente divirtiéndose en una canchita, en un potrero, mientras exista el fútbol.

 

Mis condolencias a la familia y amigos de Diego.

Mis condolencias a todo el pueblo argentino.

Mis condolencias, sobre todo, al fútbol mundial.

 

¡Hasta siempre, Diego!

Alejandro Domínguez W-S